martes, 2 de mayo de 2023

Las siete palabras, La Plata, 2000.

 

Ángel de todos los días

de todas 

y cada una

de mis tristezas

y alegrías.

Ángel que conversas

conmigo

amantísimo aliento

voz eterna

infinita.

Ángel de los signos

primeros 

y finales

revelas ecos insondables

del misterio y la luz.

Ángel que me orientas

e iluminas

me proteges

mientras cargo

yo mi cruz.


"Perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34)


Perdóname Jesús

Jesús que mueres por mí.

Me pierdo demasiado

atiendo los demonios

errantes

al acecho

confundo los caminos

de los justos

con migajas

de mi error.

Perdóname Jesús

yo sé

que hago mal

trueco

el bálsamo 

que das

por el dolor

en mí 

que duele 

en vos.

Sin embargo,

una vez

más

abuso

de tu amor

te ruego

no me niegues

la compañía 

de tu abrazo

después de la caída.

Tu mano tendida

es milagro

que aquieta

mi agitado respiro

la herida de mi culpa

elevándome

desde el mar de dudas

hasta tus cumbres

generosas

de perdón.


"Hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 43)


Subo las gradas

persiguiendo 

tu vuelo

atreviéndome

a volar

cancelo el horizonte

detengo los pies

a tres pasos 

de tu manto

muy cerca de tu nombre.

Son las alas

de tu ángel

las que abrigan

mi pecho

crezco desde ti

entre nubes

que me cuentan

de tus ojos

escrutando 

el universo.

Tal vez

tu armonioso

paraíso

sea el único

motivo

verdadero

que impulsa

mis sienes

fuera

de la tierra.

La razón

dulcísima razón

que envuelve mi poesía

de esperanza

y melancolía

por la distancia

que se mece

todavía 

entre tu cielo

y mi lluvia. 


"Mujer, aquí tienes a tu hijo Juan; hijo, aquí tienes a tu madre, María" (Juan 19, 26-27)


¡Qué belleza de muerte!

la que abre sus ventanas 

a la vida,

la que reúne a la madre 

con su hijo

la muerte que de muerte

sólo contiene el instante

sobre un fondo eterno

de vida,

danzarina.

Antes de nacer

amé

en mis padres

la vida;

ahora 

que aún

no he muerto

la muerte humana, pasajera

¿cómo renegar de la vida

que me espera?

Vida

verde y agua

que se amiga

con la muerte

por toda

la hermosa 

vida

que en brazos

de la muerte

viene.


"Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? (Mc 16, 34), (Mt 27, 46)


Hubo un tiempo

hace poco tiempo

en que huí

de tu regazo

por pura urgencia de ti

no me bastó tu paciencia

quise darte lecciones

no me alcanzó tu presencia

quise acercarme

más a ti.

Nunca

me abandonaste

ni siquiera cuando ofendí

tu mirada con mi ceguera

cuando escribí 

sobre tu frente

que eras apenas 

un hombre

un hombre bueno

abandonado por Dios.


"Tengo sed" (Juan 19, 28)


Tengo sed, dijiste,

y sólo te ofrecí

mi llanto.

Cuando tuve sed

del tuyo,

supe de tus lágrimas

que nunca se derraman

se conservan puras

en tu fuente

de agua fresca.

Manantial que no me atrevo

ni a tocar

cuando veo que en sus aguas

mi rostro se embellece

cuando miro en el espejo

de tu cara

cómo adquiere

sólo ínfimo

pálido destello

del divino resplandor.


"Todo se ha cumplido" (Juan 19, 30)


Cristo

que mueres

por mí

que conversas conmigo

me conoces tanto

sabes

que falta trecho

todavía 

que enciende 

entre rosas 

y espinas

la vida

terrena,

paces

y guerras

que alejan

aún

de ti.

Pese a lo cerca

que estamos

desde aquel día

inesperado

feliz

cuando tu ángel

estrechó mi mano

camino

de la catedral

de las torres inconclusas

y delante de ti

crucificado

me susurró 

al oído: "Habla tú con Dios".

Fue después de escucharme

que advertiste

amoroso

enérgico

vibrante:

"Hazlo, pero hazlo ya".


"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46)


Hincado ante la Cruz

de tu Pasión

penetro

desde la primera

en todas tus palabras

inclinada mi voluntad

hacia la tuya

bendecido

por el espléndido 

presente de tu fe

que multiplica 

en mí

los panes y los peces

de mi esperanza

avivando el fuego 

del amor por ti, 

hoguera que abrasa 

sin consumir

extasiado para siempre

por tu llama

en tu Padre 

omnipotente

y sabio

con tu silenciosa Madre

y tu ángel

mensajero 

compañero

de mi calles

solitarias.

Amor que estalla

desde tu amor

y se besa 

con todas 

tus creaturas

también con ésta

la que hoy te escribe

desde el retiro

espiritual

de Pascua y Jubileo

donde acudiste

puntual

y solidario

a la cita prometida

con tu pueblo

encuentro de tu verbo

salvador

resucitado

con tu comunidad

de carne, hueso y espíritu

que atesora

defiende

y proclama

tu palabra.

Hermandad humana

que palpita y ama

cuando tú la habitas

la que sólo goza

y canta

cuando vive en ti.


(Juan Rubbini)




martes, 18 de abril de 2023

Adiós en Bogotá, 1997.

La conversación se interrumpió, súbitamente. Comenzaba apenas a vislumbrar -con los últimos acordes de su voz- cuán determinantes eran para mí sus palabras, en aquella melancólica tarde de enero. Sin saber cómo ni cuándo, intuí, hallaría la huella que nos reuniera otra vez. Mis disminuidas fuerzas  alcanzaron entonces, sólo para lanzarme al camino, abrirme paso entre los sollozos provocados por aquellos, sus últimos balbuceos, con los que -inequívocamente- mirándome por última vez a los ojos, imploró con denuedo no detenerme, no partir con ella, no partirme en mil pedazos. No partí pero, no pude impedir partirme en infinitas partículas oscuras, silentes y vacías de sentido y dirección. Atiné solamente a subir al taxi, cajita musical de amarillos sonidos donde, evitando sin ningún esfuerzo las palabras, me abandoné al dolor, multiplicado en millares de astillas horadando mi piel, en loca persecución de mi alma asediada en tropel. Se fue, me dije. Ahora sí, se fue. No hay retorno posible. Sólo me cabe caminar, andar, reunirme, no con ella -no ahora- conmigo, reunirme conmigo. De esto se trata, desde entonces, de caminar, de andar, de reunirme. Llegaría el día de reencontrarme con ella. Lo intuí. Lo supe. Al menos, eso creí. Creí. Por primera vez, creí, creí en Dios, y creyendo en Él, Dios creyó en mí. Y en ella me vi, junto a ella, con Él. Doy fe.   

(Juan Rubbini)

domingo, 24 de noviembre de 2019

Mi testamento filosófico (IX)

De cómo Blaise Pascal vino a mi cabecera a interrogarme sobre mis razones para creer en Dios (VII)


Después de haber hablado así, una vez más cerré los ojos. Entre mis párpados entornados percibía a Pascal, meditando. Esperó a que yo abriera los ojos para declararme:

-Tengo la impresión de que todavía no me ha dado el meollo de su pensamiento. Entréguese un poco más.

Él exageraba. Me irrité. "Estoy fatigado", le dije entonces, tendiéndole la mano. Vaciló en tomarla, pero, sorprendido, se levantó maquinalmente y tomó su sombrero. Sin embargo, en el momento en que por fin iba a estrecharme la mano, retiré vivamente la mía, todavía tendida, lanzando un grito de dolor.

-¡Ay!

- ¿Qué pasa, maestro?

- ¡Me pegó en los dedos! ¡A mí! ¡Es increíble!

- ¿Pero quién?

- Mi ángel guardián. Perfectamente.

-¿Le pega en los dedos?

- Cada vez que voy a hacer una tontería.

- ¡Qué suerte tiene usted!

- ¡Llama a eso suerte! Es una alienación. Un atentado a mi libertad.

- Guitton, ¿no respeta a su ángel guardián?

- Y él me trata de cualquier modo. Fíjese, esto sólo tiene desventajas. Desde que me quejé a mis colegas librepensadores de la Academia, ellos, que veían en mí a un clerical consumado, me miran como a una víctima de la Intolerancia.

- ¿Y eso es verdad?

- Es política.

- ¿Lo informó allá arriba?

- Les pedí cien veces que me dieran otro, pero no quieren saber nada.

- Consuélese. Algún día se hablará del Ángel de Guitton como se habla del demonio de Sócrates.

- ¡Eso no! Sócrates obedecía a su demonio. Yo me niego a escuchar a mi ángel.

- ¿Se niega?

- Me niego.

- ¡Qué lástima!

- Mi dignidad. El demonio de Sócrates se contentaba con retenerlo por la manga. El mío osa golpearme los dedos. Es inadmisible que Dios tolere eso. Con ángeles como éste, Pascal, se fabrican los anticlericales.

- ¿Me puedo quedar, entonces?

- ¿Cómo quiere que haga otra cosa?

Pascal volvió a depositar su sombrero y a sentarse.

...

- ¿Qué opina de Santo Tomás de Aquino?

- Me siento muy tomista. Lamentablemente, los tomistas no me encuentran del todo tomista. ¿Cómo explica eso, mi querido amigo?

- Es como usted conmigo. Usted es muy pascaliano, pero los "pascalizantes" nunca lo encontrarán pascaliano.

- Es verdad. ¿Por qué será?

- Demasiado inventivo. Usted no logrará jamás atenerse a un pensamiento tal cual es. Tiene que repensarlo. Usted lo "guittoniza" todo.

- Pero yo no puedo hacer nada contra eso.

- Yo sería el último en reprochárselo, Guitton. Yo era peor que usted. Continúe hablándome de usted.

- Soy un viejo platónico cristiano, un agustiniano, como se dice. Comienzo por ser más o menos escéptico, como todo el mundo. Luego, comprendo que eso no se sostiene, y que hay verdades, especialmente el yo pienso, yo soy, yo vivo, y las matemáticas, y la biología, etc. Si hay verdades fundadas, hay un criterio absoluto, un fundamento radical de esas verdades. Hay pues una Verdad primera y absoluta. Ser un espíritu es vivir en el seno de esa Verdad, a la luz de esa Verdad, en una vida que es un movimiento perpetuo hacia esa Verdad. Pero lo que no es verdad no existe. La verdad es el ser verdadero. Por lo tanto, esa Verdad primera es el mismo Ser. Y ella es eterna. Todo esto es evidente. Lamentablemente, si basta un minuto para decirlo, hacen falta veinte años de meditación para comprenderlo.

- ¿Evolucionó usted a lo largo de su vida?

- Hasta podría decirse que he variado. En la primera mitad de mi vida, cuando todavía dependía mucho de Bergson, veía en la existencia de la duración la refutación experimental de la concepción panteísta de la eternidad. Pues, si admitimos el panteísmo, como lo hacen Zenón o Spinoza, ya no debe pasar nada. La duración se anula en la eternidad y la necesidad del sistema. Todo está escrito, todo se deduce. Nada podía ser de otro modo. Ahora bien, el tiempo existe y se despliega. Ocurre algo. Por lo tanto, la eternidad no es el sistema, y el panteísmo es falso, pues fracasa en justificar el tiempo. La verdadera eternidad es aquélla de la que habla San Agustín, que se adapta a la libertad humana, a la creación y al tiempo. Ese es el tema mayor de mis dos tesis, en 1935: la grande sobre El tiempo y la eternidad en Plotino y San Agustín, la pequeña sobre La idea de desarrollo en Newton. Es también el tema de mi pequeño libro Justificación del tiempo

- Todo eso está muy claro.

- Para usted, Pascal, para usted. Si yo publicara un día nuestras conversaciones habría que suprimir todo esto.

- ¡Jamás!

- ¡Oh, sí! Créame, Pascal. Yo sé cómo se hace un libro.

- ¿Por qué piensa siempre en el público?

- Es por él por quien vivo.

- Por el contrario, usted habla de una manera que hace pensar que sólo vive para su gloria.

- Si ha venido para ser tan desagradable conmigo como mi ángel guardián...

- Dígame, Guitton, ¿cómo cambió?

- Al principio me hice más tomista. Durante mi cautiverio y después de la guerra acaricié el sueño de renovar el aristotelismo. Eso fue en 1948, con mi libro La existencia temporal. Mi mejor libro. Allí puede decirse que tuve una pizca de genio. Las Éditions Universitaires lo reeditaron. Vea usted la injusticia del mundo. Gané millones y la gran celebridad con un opúsculo de segundo orden, Dios y la ciencia. En cambio, escribí un gran libro, La existencia temporal. Nadie lo leyó cuando salió y se acaba de destruir la reedición. ¡Es increíble!

- El porvenir le hará justicia, Guitton. Dicho esto, Dios y la ciencia no es tan tonto como dicen los celosos. Pero continúe con la historia de sus variaciones.

- Más tarde en mi vida, alrededor de los sesenta años, volví a ser platónico. Podría decirse que me hice más místico, pero no soy suficientemente piadoso para ser un verdadero místico. Pensé que Bergson había descuidado demasiado el tema de la eternidad. Comencé a sentirme más cerca de la eternidad. Tal vez por la proximidad de la muerte, las desilusiones... Mi libro Historia y destino marca, en 1960, un giro de mi pensamiento. Cada vez más, era como si la vida fuera el sueño y el tiempo una ilusión. Era como si toda la duración de un ser se resumiera en un punto indivisible, cuyo tiempo no sería más que su despliegue. Pero la creencia en la libertad me retiene en esa pendiente que me conduciría al panteísmo. No obstante, a veces dudo de la libertad.

- ¿Cómo sale usted de esa duda?

- Dudando. Si yo no fuese libre, no dudaría. En fin, hacia el final de mi vida, las razones físicas cosmológicas han adquirido  más importancia en mi pensamiento.

- ¿Cómo resumir ochenta años de esfuerzos?

- He intentado hacer la síntesis de Bergson, de Aristóteles y de San Agustín, y tengo la sensación de no haberlo logrado.

- Perdóneme por hacerle una pregunta más. ¿Nunca tiene dudas sobre Dios y el destino?

- No, porque las tengo siempre.

- Dubito, ergo Deus est.

- Eso es.

- Tuve razón en venir -dijo Pascal.

Y se levantó.

- ¿Se marcha?

- Ya es hora. Adiós, Guitton.

- Entonces, adiós, Pascal.

Pascal me estrechó la mano y salió, con la cabeza descubierta, olvidando su sombrero.

Se marchó, me dije. Yo estaba contento. Siempre estoy contento cuando la gente se va. Aun cuando la ame; es más fuerte que yo. Quiero la soledad para meditar. ¿Por qué terminó diciendo que había tenido razón en venir? Ese punto me ocupó unos instantes, Luego vi el sombrero sobre el sillón. Y olvidó su sombrero... Tal vez vuelva a buscarlo. No. Sin duda es para que yo no tenga la impresión de haber soñado. ¿Y si hubiera soñado? En todo caso, por una vez no habría tenido un sueño idiota.

Entonces, entró Marzena, más descompuesta todavía.

- ¡Maestro! ¡Maestro!

- ¿Qué pasa?

- ¡Maestro, esto continúa!

- ¿Qué es lo que continúa?

Estalló en sollozos.

- ¡Maestro, me vuelvo loca!

- No es grave. O más bien, sí, porque la necesito para saber si yo no me volví loco. Dígame, ¿qué hay sobre ese sillón?

- ¿Usted cree que estoy enferma, verdad?

- En nombre del Cielo, Marzena, respóndame. ¿Qué ve sobre ese sillón?

- ¡Un sombrero! ¡Horror! ¡Y seguramente no hay un sombrero! ¡Se lo dije, me vuelvo loca!

- ¡Pero sí, hay un sombrero! ¿De qué época es, en su opinión?

- De la de los mosqueteros. Es el de Monsieur Pascal. Lo olvidó.

- Entonces, si yo estoy loco, usted también lo está. Lo malo es que no es posible que usted lo esté también y que los dos lo estemos.

- ¿Yo. loca? ¡Mi Dios! ¡Sería espantoso!

- ¡Oh, no! Sería un hecho, eso es todo. Pero me asombraría. Alcánceme ese sombrero.

Palpé el sombrero.

- De todos modos es sorprendente.

- ¡Ah, sí! ¡Sobre todo que esto continúe!

- Es verdad. ¿Qué quería decirme cuando entró?

- Hay otro.

- ¿Otro qué?

- ¡Un muerto! ¡Un muerto que vive!

- ¿Y qué otra cosa quiere que haga?

- Que se quede muerto, como todo el mundo.

- Escuche, estas cosas la superan. ¿Y cómo es ese muerto?

- Con un sombrero hongo.

- ¿Un sombrero hongo? Aguarde. Traje gris de tres piezas, rayado, sobrio, gafas redondas con montura de acero, bastón.

- ¿Cómo lo sabe?

- ¡Él! ¡Hágalo pasar enseguida! No. Espere. Es curioso, en verdad. Me siento cada vez mejor. Ayúdeme a levantarme, por favor, y a sentarme en esa silla baja. Marzena, no se oponga o me muero ante sus ojos, sí, inmediatamente. Allí. No, eso no, pero no es nada. Y alcánceme mi bastón. Gracias. Hágalo entrar.

Yo vestía un pijama rojo. No era en absoluto un moribundo descarnado. Mis pies descalzos, regordetes, descansaban sobre la tibia alfombra. Me apoyé con ambas manos en el bastón. Jamás hubiere creído tener una muerte tan agradable. ¡Y decir que había tenido miedo de sufrir! Y sobre todo de aburrirme.




Continuará...

Jean GuittonMi testamento filosófico (1999)

jueves, 7 de noviembre de 2019

La taberna de la historia (XIX)

Valle de lágrimas



Mi valle es de lágrimas -dijo Colón- y tal vez no ha nacido otro que en la vida no haya tenido, como yo, una hora de risa y carcajada. Nací con un sentimiento trágico de la vida y ni en el libro de Jeremías se encontrarán tantas lágrimas como en mi carta, desde Jamaica, a los reyes, mis señores. Yo traía de los pasados siglos leyendas de martirios, y la redención la encontraba a través de penitencias y trabajos sin término. Les decía a los reyes: "¿Quién nació, sin quitar a Job, que no muriera desesperado que por mi salvación y de mi hijo, hermano y amigos me fuese en tal tiempo defendido la tierra y los puertos que yo, por voluntad de Dios, gané a España sudando sangre?".

Yo era consciente de los favores que había hecho a mis príncipes y a todos cuantos me acompañaron, por mandato de Dios. Pero lo que tenía delante de mis ojos, lo que vi en el mar bravo de Panamá, y estas naves reducidas a astillas por la broma, eran como el paso de las tempestades sobre Sodoma. Tan patente lo vio el Señor que vino a consolarme, y lo que me dijo es tan hermoso como duro para
quienes me abandonaban en ese rincón del mar embravecido.


Se excedía el Señor, para conmigo, a todo lo que hizo por los profetas en Egipto. Tengo grabadas, y se las hice oír a mis reyes, las palabras de su discurso: "De los atamientos del mar Océano que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te di las llaves y fuiste obedecido en tantas tierras y de los cristianos cobraste tanta honrada fama. ¿Qué hizo Él más al tu pueblo de Israel, cuando lo sacó de Egipto, ni por David, que de pastor hizo rey en Judea?..."

Mi comunicación había dejado de ser con los hombres, Era con el Señor, mi Dios. Cuando Él hubo dicho todo lo que tenía que decirme quedé bañado en lágrimas. Se lo decía a los reyes: "Yo, amortecido, oí todo, mas no tuve yo respuesta a palabras tan ciertas, salvo llorar por mis propios yerros." Lo que estaba entregándoles a los reyes apenas se puede comparar con los tesoros de Salomón, y de mí sólo quería enviar arroba de oro fino al papa para la conquista de la Santa Casa. Lo mismo le escribí al pontífice, y con autoridad, pues le había dicho, desde antes de pisar la tierra, que sostendría ejércitos de infantes y caballería para sacar la Santa Casa, el templo de nuestros antepasados, de manos infieles. Las informaciones que le di han debido moverlo y mover a todos los cristianos, que reconocerían en mí otro Moisés. Este párrafo de mi carta de Jamaica es como un llanto frente al muro: "Genoveses, venecianos y toda la gente que tenga perlas, piedras preciosas y otras cosas de valor, todos los que llevan hasta el cano del mundo para las trocar, convertir en oro. El oro es excelentísimo, del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega que echa las ánimas al Paraíso. Los señores de aquellas tierras de la comarca de Veraguas cuando mueren entierran el oro que tienen con el cuerpo, así lo dicen. A Salomón llevaron de un camino seiscientos y seis quintales de oro, allende lo que llevaron los mercaderes y marineros y allende lo que se pagó por Arabia. De ese oro hizo doscientas lanzas y trescientos escudos e hizo el tablado que había de estar arriba, pellas de oro y vasos muchos y muy grandes y ricos de piedras preciosas. Josefo en su Crónica de Antiquitalibus lo describe, En el Paralipómenos y en el libro de los Reyes se cuenta de eso. Josefo quiere que este oro lo hubiese en el Áurea. Si así fuese, digo que aquellas minas del Áurea son unas y se contienen con estas de Veragua, que como yo dije arriba se alargan al poniente veinte jornadas... David en su testamento dejó tres mil quintales de oro de las Indias a Salomón, para ayuda de edificar el Templo...".

Y ahí estaba todo. No era sino que los reyes dieran la orden para sacarlo. Yo por fuerza tenía que sentir que el Señor hacía en mí nuevo Moisés, pero para contener mi orgullo me enviaba lo que tenía por delante en Jamaica desolada, en las naves rotas, en la ausencia de una mano para salvar los náufragos. Y les dije a los reyes, mis señores: "Yo estoy tan perdido como dije. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mí la tierra... Llora por mí quien tiene caridad, verdad y justicia...". Llorar era mi destino, y el de todos. En este valle de lágrimas...  



Continuará...

Germán Arciniegas, La taberna de la Historia (2000)

viernes, 1 de noviembre de 2019

De la magia erótica al amor romántico (X)

La fuente sufi y la conexión cátara (I)



El primer trovador conocido cuyo nombre se ha conservado es Guillermo IX, conde de Poitiers y duque de Aquitania. Este cruzado luchó en Tierra Santa y también mostró su valor en los campos de batalla andaluces. Tanto en Oriente como en España mantuvo estrechos contactos con la cultura árabe y con diversas corrientes del Islam, entre las cuales destacaba el sufismo, escuela mística hererodoxa          centrada en el amor como medio para alcanzar la fusión con la divinidad. Este personaje fue quien puso la piedra angular del edificio trovadoresco con su talento.

En el visor de estribor de nuestra nave enfocamos a Guillermo de Aquitania durante su estancia en Tierra Santa y España. Nos llama la atención sorprenderlo concentrado en dos actividades nada frecuentes en un guerrero. Parte del día la pasa componiendo trovas, pero dedica también largas horas a conversar con hombres doctos del Islam. Especialmente lo vemos interesado en escuchar con atención y respeto a los místicos del sufismo. Durante su estancia en España también observamos que busca a miembros de estas corriente hererodoxa y copia sus poemas. Son versos que invocan la imagen de una dama y expresan sentimientos de deseo y regocijo amoroso. Están llenos de imágenes sensuales en las cuales se celebran los placeres de la vida. No sólo cantan los deleites del amor humano, sino también los que el vino brinda al hombre como don de la tierra.

Algo no encaja entre los místicos que escribieron estos versos y lo que sus poemas exaltan. Ni el vino ni el goce de los encantos femeninos deberían agradar tanto a unos buenos musulmanes que persiguen la fusión con Dios en la cumbre del éxtasis. Más aun si tenemos en cuenta que, en general, estos hombres llevan vidas ascéticas e irreprochables.

Al detenernos a examinar ese rasgo descubrimos que el afecto amoroso parece un medio de elevación espiritual. Pensamos entonces que acaso esa poesía sea una herramienta, como sucede con la danza de los derviches, que aceleran el ritmo hasta adquirir un frenesí tal que induce estados alterados de conciencia y los conduce al cenit de una experiencia mística. Al fin y al cabo, también estos son una escuela del sufismo.

En principio, podríamos pensar que en los poemas de los sufis se emplea un lenguaje figurado, como sucedió más tarde con los poetas místicos españoles, y que tras la imagen de la dama se oculta el alma, que en siglo XVI San Juan de la Cruz representará como la "amada", inspirado en la misma interpretación del Cantar de los Cantares que hicieron las monjas de Provenza y las beguinas, quienes también componían versos en idéntica línea. Algo de esto parece haber. El famoso Cantar de los Cantares de Salomón es una presencia recurrente que se reitera como una clave en la poesía que más suspicacias producía en la autoridad de Roma y, sobre todo, en la Inquisición. Aunque no fue la razón aducida para mantener en la cárcel a Fray Luis de León durante cinco años, seguramente su traducción del Cantar sirvió a sus enemigos como prueba indiciaria para proyectar sospechas sobre su ortodoxia. También conviene recordar que tanto San Juan de la Cruz como Santa Teresa, que inscribieron su obra lírica en esta misma línea de recurrir al amor humano para expresar sentimientos de amor divino, tuvieron dificultades con el mismo Santo Oficio. Las fuentes de esta estética del lirismo místico se hallan en el pensamiento sufi.

Entre los escritos que éstos consultaban y veneraban se encontraba Platón. También recogían las doctrinas avésticas y elementos de la mitología irania. Con estos antecedentes, resulta tentadora la idea de que tenemos la solución al enigma de los poemas sufis.

Platón aportaría el mito del andrógino primordial, presente como un fondo esencial en los polos femenino y masculino del alma, mientras el dualismo de la religión persa de Zoroastro contribuiría con su doctrina de una Creación que nace de la oposición entre la Luz y las Tinieblas, el Bien y el Mal, la carne y el espíritu.

Los poemas sufis aparecerían así como la transposición de conceptos y doctrinas místicas en términos de alegoría amorosa y como una forma eficaz de conservar y transmitir una enseñanza reservada que resultaba herética para el Islam más ortodoxo. El vino sería una imagen evocadora de la embriaguez y el éxtasis del amor más sublime, mientras que la unión del amado con su amada simbolizaría la fusión, en el interior del ser y al calor de la tempestad afectiva desatada, de los dos polos que configuran la naturaleza andrógina del hombre. Los versos aludirían a una alquimia interior transformadora y la fusión amorosa debería entenderse como imagen sensible de lo que ocurre en el alma. 


Continuará...

Luis G. La CruzEl secreto de los trovadores

jueves, 31 de octubre de 2019

El viejo y el mar (XIX)


Me gustaría que se durmiera y poder dormir yo y soñar con los leones, pensó. ¿Por qué, de lo que queda, serán los leones lo principal? No pienses, viejo, se dijo. Reposa dulcemente contra la madera y no pienses en nada. El pez trabaja. Trabaja tú lo menos que puedas.

Estaba ya entrada la tarde y el bote todavía se movía lenta y seguidamente. Pero la brisa del este contribuía ahora a la resistencia del bote y el viejo navegaba suavemente con el leve oleaje y el escozor del sedal en la espalda le era leve y llevadero.

Una vez en la tarde, el sedal empezó a alzarse de nuevo. Pero el pez siguió nadando a un nivel ligeramente más alto. El sol le daba ahora en el brazo y el hombro izquierdo y en la espalda. Por eso sabía que el pez había virado al nordeste.

Ahora que lo había visto una vez, podía imaginárselo nadando en el agua con sus purpurinas aletas pectorales desplegadas como alas y la gran cola erecta tajando la tiniebla. Me pregunto cómo podrá ver a esa profundidad, pensó. Sus ojos son enormes, y un caballo con mucho menos ojo, puede ver en la oscuridad. En otro tiempo yo veía perfectamente en la oscuridad. No en la tiniebla completa. Pero casi como los gatos.

El sol y el continuo movimiento de sus dedos habían librado completamente del calambre la mano izquierda y empezó a pasar más presión a esta mano contrayendo los músculos de su espalda para repartir un poco el escozor del sedal.

-Si no estás cansado, pez -dijo en voz alta-, debes de ser muy extraño.

Se sentía ahora muy cansado y sabía que pronto vendría la noche y trató de pensar en otras cosas. Pensó en las Grandes Ligas. Sabía que los Yankees de Nueva York estaban jugando contra los Tigres de Detroit.

Van dos días que no me entero del resultado de los juegos, pensó. Pero debo tener confianza y debo ser digno del gran Di Maggio, que hace todas las cosas perfectamente, aun con el dolor de la espuela de hueso en el talón. ¿Qué cosa es una espuela de hueso?, se preguntó. Nosotros no las tenemos. ¿Será tan dolorosa como la espuela de un gallo de pelea en el talón de una persona? Creo que no podría soportar eso, ni la pérdida de uno de los ojos, o de los dedos, y seguir peleando como hacen los gallos de pelea. El hombre no es gran cosa al lado de las grandes aves y fieras. Con todo, preferiría ser esa bestia que está allá abajo en la tiniebla del mar.

- Salvo que vengan los tiburones -dijo en voz alta-. Si vienen los tiburones, Dios tenga piedad de él y de mí.

¿Crees tú que el gran Di Maggio seguiría con un pez tanto tiempo como estoy haciendo yo?, pensó. Estoy seguro que sí, y más, puesto que es joven y fuerte. También su padre fue pescador. Pero ¿le dolería demasiado la espuela de hueso?

- No sé -dijo en voz alta-. Nunca he tenido una espuela de hueso.

El sol se estaba poniendo. Para darse más confianza, el viejo recordó aquella vez cuando, en la taberna de Casablanca, había echado un pulso con aquel enorme negro de Cienfuegos que era el hombre más fuerte de los muelles. Habían estado un día y una noche con sus codos sobre una raya de tiza en la mesa, y los antebrazos verticales, y las manos agarradas. Cada uno trataba de abatir la mano del otro contra la mesa. Se hicieron muchas apuestas y la gente entraba y salía del local bajo las luces de queroseno, y él miraba el brazo y la mano del negro y la cara del negro. Cambiaban de árbitro cada cuatro horas, después de las primeras ocho, para que los árbitros pudieran dormir. Por debajo de las uñas de los dedos manaba sangre y se miraban a los ojos y a sus antebrazos y los apostadores entraban y salían del local y se sentaban en altas sillas contra la pared para mirar. Las paredes estaban pintadas de un azul brillante. Eran de madera y las lámparas arrojaban las sombras de los pulseadores contra ellas. La sombra del negro era enorme y se movía contra la pared según la brisa hacía oscilar las lámparas.


Continuará...

Ernest Hemingway, El viejo y el mar (1952)


martes, 29 de octubre de 2019

Iguales, diversos


¿Qué otra cosa es la Paz?, sino la hermandad de los diversos, la diáfana ley de iguales derechos e iguales deberes para uno y para todos; libertad sin privilegios, armonía en el desorden, sin esclavitud; justicia de los justos, ni voces silenciadas ni almas oprimidas. ¿Qué otra cosa es la Paz?, sino respeto del uno por los otros y de todos por el uno; la misma ley, el mismo goce, en el sentir sin miedo, en el recto obrar de todos y de uno.

(JR, 2019)

lunes, 28 de octubre de 2019

VARIUS, MULTIPLEX, MULTIFORMIS (XI)

Se habla con frecuencia de los ensueños de la juventud. Pero se olvidan sus cálculos. También son ensueños, y no menos alocados que los otros. No era yo el único en soñarlos durante aquel período de fiestas romanas; el ejército entero se precipitaba a la carrera en los honores. Entré asaz alegremente en ese papel de ambicioso que jamás he podido representar mucho tiempo con convicción, o sin los constantes auxilios de un apuntador. Acepté desempeñar con la más prudente exactitud la aburrida función de curador de las actas del Senado, y cumplir mi tarea con provecho. El lacónico estilo del emperador, admirable en el ejército, resultaba insuficiente para Roma; la emperatriz, cuyos gustos literarios se parecían a los míos, lo persuadió de que me dejara preparar sus discursos. Aquél fue el primero de los buenos oficios de Plotina. Logré éxito, tanto más que estaba acostumbrado a ese tipo de complacencias. En la época de mis penosos comienzos, muchas veces había redactado arengas para senadores cortos de ideas o de estilo, y que acababan por creerse sus verdaderos autores. Trabajar para Trajano me produjo un placer semejante al que los ejercicios de retórica me habían proporcionado en la adolescencia; a solas en mi habitación, estudiando mis efectos ante un espejo, me sentía emperador. La verdad es que aprendía a serlo; las audacias de que no me hubiera creído capaz se volvían fáciles cuando era otro quien las endosaba. El pensamiento del emperador, simple pero inarticulado, y por tanto oscuro, se me hizo familiar; me jactaba de conocerlo un poco mejor que él mismo. Me encantaba mimar el estilo militar del jefe, escucharlo pronunciar en el Senado frases que parecían típicas y de las cuales yo era responsable. Otras veces, estando enfermo Trajano, fui encargado de leer personalmente aquellos discursos de los cuales él ya no se enteraba; mi elocución por fin irreprochable honraba las lecciones del actor trágico Olimpo.


Aquellas funciones casi secretas me valían la intimidad del emperador y hasta su confianza, pero la antigua antipatía continuaba. Por un momento había cedido al placer que un viejo príncipe siente al ver que un joven de su sangre inicia una carrera, pues con no poca ingenuidad imagina que habrá de continuar la suya. Pero quizá ese entusiasmo había brotado con tanta fuerza en el campo de batalla de Sarmizegetusa porque irrumpía a través de muchas capas superpuestas de desconfianza. Aún hoy creo que había allí algo más que la inextirpable animosidad basada en las querellas seguidas de difíciles reconciliaciones, en las diferencias de temperamento, o simplemente en los hábitos mentales de un hombre que envejece. El emperador detestaba instintivamente a los subalternos indispensables. Hubiera preferido en mí una mezcla de celo e irregularidad al cumplir mi cargo: le resultaba casi sospechoso a fuerza de técnicamente irreprochable. Bien se lo vio cuando la emperatriz creyó ayudar mi carrera arreglándome un casamiento con la sobrina nieta de Trajano. Este se opuso obstinadamente al proyecto, alegando mi falta de virtudes domésticas, la extremada juventud de la elegida y hasta mis antiguas historias de deudas. La emperatriz se empecinó, y yo mismo insistí; a su edad, Sabina no dejaba de tener encantos. Aquel matrimonio, aligerado por una ausencia casi continua, fue para mí una fuente tal de irritaciones y de inconvenientes, que me cuesta recordar que en su día representó un triunfo para un ambicioso de veintiocho años.


Ahora pertenecía más que nunca a la familia, y me vi forzado a vivir en su seno. Pero todo me desagradaba en ese medio, salvo el hermoso rostro de Plotina. Las comparsas españolas y los primos provincianos abundaban en la mesa imperial, así como más tarde habría de encontrarlos en las comidas de mi mujer, durante mis raras estadías en Roma; ni siquiera agregaré que volvía a encontrarlos envejecidos, pues ya en aquella época todos parecían centenarios. Una espesa cordura, algo como una rancia prudencia, emanaba de sus personas. Casi toda la vida del emperador había transcurrido en el ejército; conocía Roma muchísimo menos que yo. Ponía una buen voluntad incomparable en rodearse de todo lo que la ciudad le ofrecía de mejor, o de lo que le presentaban tal.Ahora pertenecía más que nunca a la familia, y me vi forzado a vivir en su seno. Pero todo me desagradaba en ese medio, salvo el hermoso rostro de Plotina. Las comparsas españolas y los primos provincianos abundaban en la mesa imperial, así como más tarde habría de encontrarlos en las comidas de mi mujer, durante mis raras estadías en Roma; ni siquiera agregaré que volvía a encontrarlos envejecidos, pues ya en aquella época todos parecían centenarios. Una espesa cordura, algo como una rancia prudencia, emanaba de sus personas. Casi toda la vida del emperador había transcurrido en el ejército; conocía Roma muchísimo menos que yo. Ponía una buen voluntad incomparable en rodearse de todo lo que la ciudad le ofrecía de mejor, o de lo que le presentaban como tal. El círculo oficial estaba compuesto por hombres de admirable integridad, pero cuya cultura era un tanto pesada, mientras su blanda filosofía no iba al fondo de las cosas. Nunca me ha placido mucho la afabilidad estirada de Plinio; la sublime tiesura de Ahora pertenecía más que nunca a la familia, y me vi forzado a vivir en su seno. Pero todo me desagradaba en ese medio, salvo el hermoso rostro de Plotina. Las comparsas españolas y los primos provincianos abundaban en la mesa imperial, así como más tarde habría de encontrarlos en las comidas de mi mujer, durante mis raras estadías en Roma; ni siquiera agregaré que volvía a encontrarlos envejecidos, pues ya en aquella época todos parecían centenarios. Una espesa cordura, algo como una rancia prudencia, emanaba de sus personas. Casi toda la vida del emperador había transcurrido en el ejército; conocía Roma muchísimo menos que yo. Ponía una buen voluntad incomparable en rodearse de todo lo que la ciudad le ofrecía de mejor, o de lo que le presentaban como tal. El círculo oficial estaba compuesto por hombres de admirable integridad, pero cuya cultura era un tanto pesada, mientras su blanda filosofía no iba al fondo de las cosas. Nunca me ha placido mucho la afabilidad estirada de Plinio; la sublime tiesura de Tácito se me antojó que encierra la concepción del mundo de un republicano reaccionario y que se detiene en el momento de la muerte de César. En cuanto al círculo extraoficial, era de una repelente grosería, lo que me evitó momentáneamente correr nuevos riesgos. Para todas gentes tan variadas, tenía yo la cortesía indispensable. Me mostraba deferente hacia unos, flexible entre otros, canallesco cuando hacía falta, hábil pero no demasiado hábil. Mi versatilidad me era necesaria; era múltiple por cálculo, ondulante por juego. Caminaba sobre la cuerda floja. No solo me hubieran hecho falta las lecciones de un actor, sino las de un acróbata.



Continuará...
Marguerite YourcenarMemorias de Adriano (1971)

jueves, 17 de octubre de 2019

Los modos generales del pensamiento oriental (V)

¿Qué hay que entender por tradición? (II)


En el Islam, lo hemos dicho, la tradición presenta dos aspectos distintos, de los cuales uno es religioso, y es al que se adhiere directamente el conjunto de las instituciones sociales, mientras que el otro, el que es puramente oriental, es verdaderamente metafísico. En cierta medida, hubo algo de este género en la Europa de la Edad Media con la doctrina escolástica, en la que por otra parte, se ejerció fuertemente la influencia árabe; pero es necesario agregar, para no llevar más lejos las analogías, que la metafísica jamás ha sido separada, tan netamente como debería serlo, de la teología, es decir, en suma, de su aplicación especial al pensamiento religioso, y que, por otra parte, lo que se encuentra en la teología de propiamente metafísico no es completo, permanece sometido a ciertas limitaciones que parecen inherentes a toda la intelectualidad occidental; sin duda hay que ver en estas dos imperfecciones una consecuencia de la doble herencia de la mentalidad judaica y de la mentalidad griega.


En la India, se está en presencia de una tradición puramente metafísica en su esencia, a la cual vienen a agregarse, como otras tantas dependencias y prolongamientos, aplicaciones diversas, ya sea en ciertas ramas secundarias de la doctrina misma, como la que se refiere a la cosmología por ejemplo, o bien en el orden social que está por lo demás determinado estrictamente por la correspondencia analógica que se establece entre las formas respectivas de la existencia cósmica y de la existencia humana. Lo que aparece aquí mucho más claramente que en la tradición islámica, sobre todo en razón de la ausencia del punto de vista religioso y de los elementos extra-intelectuales que él implica esencialmente, es la total subordinación de los diversos órdenes particulares con respecto a la metafísica, es decir al dominio de los principios universales.


En China, la separación muy neta de la que hemos hablado nos muestra, por una parte, una tradición metafísica, y, por otra, una tradición social, que pueden parecer a primera vista no sólo distintas, como lo son en efecto, sino aun relativamente independientes una de otra, tanto más cuanto la tradición metafísica ha sido siempre el patrimonio casi exclusivo de una "elite" intelectual, mientras que la tradición social, en razón de su naturaleza propia, se impone igualmente a todos y exige en el mismo grado su participación efectiva. Sólo que es necesario fijarse en que la tradición metafísica, tal como está constituida bajo la forma del "taoísmo", es el desarrollo de los principios de una tradición más primordial, contenida principalmente en el "Yi-king", y que es de esta misma tradición primordial de donde fluye enteramente, aunque de manera menos inmediata y sólo como aplicación a un orden contingente, todo el conjunto de instituciones sociales que es habitualmente conocido bajo el nombre de "confucianismo". Así se encuentra restablecida, con el orden de sus relaciones reales, la continuidad esencial de los dos aspectos principales de la civilización extremo-oriental, continuidad que estaría uno expuesto a desconocer casi inevitablemente, si no supiese remontar hasta su fuente común, es decir hasta esta tradición primordial cuya expresión ideográfica, fijada desde la época de Fo-hi, se ha mantenido intacta a través de casi cincuenta siglos.


Debemos ahora, después de esta visión de conjunto, señalar de manera más precisa lo que constituye propiamente esta forma tradicional especial que llamamos la forma religiosa, luego lo que distingue el pensamiento metafísico puro del pensamiento teológico, es decir de las concepciones en modo religioso, y también, por otra parte, lo que lo distingue del pensamiento filosófico en el sentido occidental de esta palabra. En estas distinciones profundas encontraremos verdaderamente, por oposición a los principales géneros de concepciones intelectuales, comunes al mundo occidental, los caracteres fundamentales de los modos generales y esenciales de la intelectualidad oriental.



Continuará...

René Guenon, Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes (1920)

Golfo de Urabá

Dios lo quiera
que vos también
igual que yo,
y viceversa,
te sientas conmigo
y contigo
todo lo bien
que te hace bien;
y ya sabes,
cuando llegues
al cielo
pregunta
por mí,
aunque hayan pasado
tras la tregua
y el ardid
años,
amores,
y de estos días
de la causa
y del encuentro
inesperado
no queden,
de puro azar,
exiliados en un libro,
acurrucados,
más que
Benedetti,
Avellaneda,
sus cuentos
sus poesías
y aquel niño de ojos pequeños
gritando ¡rojo! ¡rojo!
¡no cuentes conmigo profesor
ni hasta dos ni hasta tres!
¡no te salves ahora!

Mi táctica,
mi estrategia
se quebraron
antes que tú
me enseñaras a volar,
pero al fin aprendí
alelado
como tú me sugeriste
tras los hilos
de aquella mariposa
a las dos de la tarde
en aquel cine vacío
donde sólo cabíamos
tú conmigo
yo contigo.

Nada me hará tan feliz
como volverte a ver
en el paraíso,
asomados al hueco
de una ventana
del más bello
jardín del edén,
desde donde mirar
absortos,
tomados de la mano,
el Golfo de Urabá,
el pueblo alegre
el continente en paz.

A pesar de nosotros
que no supimos,
a pesar de ellos
que no quisieron.

(JR, 2002)

La prisionera (11) - Marcel Proust

La Sra. de Guermantes sostuvo no recordar que en la velada en la que llevaba un vestido rojo había estado la Sra. de Chaussepierre, que yo me equivocaba sin lugar a dudas. Ahora bien, ¡Dios sabe, sin embargo, lo mucho que el duque e incluso la duquesa habían pensado después en los Chaussepierre! Vamos a ver la razón. El Sr. de Guermantes era el más antiguo vicepresidente del Jockey, cuando murió el presidente. Algunos miembros del club que carecen de relaciones y sólo disfrutan votando con bolas negras contra quienes no los invitan hicieron campaña contra el duque de Guermantes, quien -seguro como estaba de ser elegido y bastante dejado respecto de aquella presidencia, que era poca cosa en comparación con su situación mundana- no se ocupó de nada.


Adujeron que la duquesa era dreyfusista - y eso que el caso Dreyfus había acabado hacía mucho, pero veinte años después se seguía hablando de él y ella sólo lo era desde hacía dos años-  y recibía a los Rothschild y que desde hacía un tiempo se favorecía demasiado a grandes potentados internacionales, como el duque de Guermantes, a medias alemán. La campaña encontró un terreno muy favorable, los clubes siempre envidian mucho a las personas que están en primer plano y detestan las grandes fortunas. La de Chaussepierre no era pequeña, pero nadie podía ofenderse por ello: no gastaba ni un céntimo, el piso del matrimonio era modesto, la mujer iba vestida con lana negra. Loca por la música, daba muchas fiestecitas vespertinas a las que se invitaba a más cantantes que en casa de los Guermantes, pero nadie hablaba de ellas, se celebraban -sin refrescos e incluso con el marido ausente- en la oscuridad de la Rue de la Chaise. En la Ópera, la Sra. de Chausepierre pasaba inadvertida, siempre con personas cuyo nombre evocaba el medio más "ultra" de la intimidad de Carlos X, pero desdibujadas, poco mundanas.


El día de la elección, para sorpresa general, la oscuridad triunfó sobre el deslumbramiento: Chausepierre, segundo vicepresidente, fue nombrado presidente del Jockey y el duque de Guermantes se quedó en la estacada, es decir, como primer vicepresidente. Cierto es que ser presidente del Jockey no representa gran cosa para príncipes de primer rango como eran los Guermantes, pero no serlo cuando te toca, ver preferido a un Chaussepierre -a cuya esposa no sólo no devolvía Oriane el saludo dos años antes, sino que, además, llegaba hasta el extremo de mostrarse ofendida al ser saludada por aquel murciélago desconocido- era duro para el duque. Afirmaba estar por encima de aquel fracaso y aseguraba, por lo demás, que debía a su antigua amistad con Swann. En realidad, no cabía en sí de cólera. Cosa bastante particular: nunca se había oído al duque de Guermantes emplear la expresión bastante trivial: "lisa y llanamente", pero desde la elección del Jockey, en cuanto se hablaba del caso Dreyfus, surgía "lisa y llanamente": "Caso Dreyfus, caso Dreyfus, es fácil decirlo y es un término inapropiado; no es un asunto de religión, sino lisa y llanamente un asunto político". Podían pasar cinco años sin que se oyera "lisa y llanamente", si durante ese tiempo no se hablaba del caso Dreyfus, pero, si, pasados los cinco años, volvía el nombre de Dreyfus, al instante llegaba sin falta "lisa y llanamente". Por lo demás, el duque ya no podía soportar que se hablara de aquel asunto "que ha causado", decía, "tantos males", si bien él sólo era en verdad sensible a uno solo: su fracaso en la presidencia del Jockey.


Por eso, la tarde de la que hablo y en la que recordé a la Sra. de Guermantes el vestido rojo que llevaba a la velada de su prima, el Sr. de Breauté tuvo una acogida bastante mala, cuando, queriendo decir algo, por una asociación de ideas que permaneció oscura y no reveló, comenzó haciendo maniobrar la lengua en la punta de su boca de pitiminí así: "A propósito del caso Dreyfus...". (¿Por qué del caso Dreyfus? Se trataba simplemente de un vestido rojo y el pobre Breauté, que nunca pensaba en otra cosa que en agradar, no tenía -cierto es- la menor intención maliciosa), pero el simple nombre de Dreyfus hizo fruncir las jupiterinas cejas del duque de Guermantes. "Me han contado", dijo Breauté, "una ocurrencia bastante buena, muy fina, la verdad, de nuestro amigo Cartier" (¡avisemos al lector de que ese Cartier, hermano de la Sra. de Villefranche, no tenía la menor relación con el joyero del mismo nombre!), "cosa que por lo demás no me extraña, pues tiene ingenio para dar y tomar.""Pues a mí", interrumpió Oriane, "no me hace gracia precisamente. No puede imaginarse lo que su Cartier me ha fastidiado siempre y nunca he podido comprender el encanto infinito que Charles de La Tremoille y su mujer ven en ese pelmazo al que me encuentro en su casa siempre que voy." "Mi 'uerida du'uesa", respondió Breauté, quien tenía dificultad para pronunciar el sonido de q, c y k, "me parece usted muy severa con 'artier. Cierto es que tal vez se haya aposentado excesivamente en casa de los La Tremoille, pero, en fin, para Charles es -¿'ómo lo diría yo?- 'omo un fiel Acate, 'osa que ha llegado a ser muy po'o 'omún en los tiempos que 'orren. En todo 'aso, ésta es la o'urrencia 'ue me han 'ontado. Al parecer, 'artier dijo 'ue si el Sr. Zola había intentado ser procesado y 'ondenado, era para probar una sensación que no 'onocía aún, la de estar en la 'árcel. "Por eso se dio a la fuga antes de ser detenido", interrumpió Oriane. "Eso no se tiene en pie. Por lo demás, aun cuando fuera verosímil, me parece una ocurrencia totalmente idiota. ¡Si eso es lo que le parece ingenioso a usted!" "Dios mío, mi 'uerida Oriane", respondió Breauté, quien, al ver que le llevaban la contraria, empezaba a dar marcha atrás, "no es una o'urrencia mía, se la repito tal 'omo me la 'ontaron, tómela por lo 'ue vale. En todo 'aso, fue el motivo por el 'ue 'artier fue reprendido, 'on firmeza por ese excelente La Tremoille, 'uien con mucha razón no 'uiere 'ue se hable en su salón de lo 'ue podríamos llamar -¿'ómo diría yo?- los asuntos en 'urso y que se sentía tanto más 'ontrariado 'uanto 'ue estaba presente la Sra. de Alphonse Rothschild. 'artier tuvo 'ue soportar una auténtica reprimenda de La Tremoille". "Claro está", dijo el duque de muy mal humor, "los Alphonse Rothschild, aunque tienen tacto para nunca hablar de ese abominable caso, son dreyfusistas en el alma, como todos los judíos. Se trata incluso de un argumento ad hominem" (el duque empleaba un poco a tontas y a locas la expresión ad hominem) "que no se esgrime lo suficiente para mostrar la mala fe de los judíos. Si un francés roba, asesina, no porque sea francés como yo me siento obligado a considerarlo inocente, pero los judíos nunca admitirán que uno de sus conciudadanos sea un traidor, aunque lo sepan perfectamente, y les preocupan muy poco las espantosas repercusiones" (el duque pensaba, naturalmente, en la maldita elección de Chaussepierre) "que el crimen de uno de los suyos puede tener hasta... A ver, Oriane, no me negarás que resulta abrumador para los judíos que todos ellos apoyen a un traidor. No me negarás que es porque son judíos" "Huy, Dios mío, sí", respondió Oriane (quien sentía, junto con cierta irritación, cierto deseo de oponer resistencia al Júpiter tonante y también de dar a entender que "la inteligencia" estaba por encima del caso Dreyfus). "Pero tal vez sea precisamente porque, al ser judíos y conocerse a sí mismos, saben que se puede ser judío y no ser forzosamente traidor y antifrancés, como afirma, al parecer, el Sr. Drumont. Desde luego, si hubiera sido cristiano, los judíos no se habrían interesado por él, pero lo han hecho porque notan perfectamente que, si no fuese judío, no se lo habría considerado tan fácilmente traidor "a priori", como diría mi sobrino Robert." "Las mujeres no entienden nada de política", exclamó el duque, mientras miraba fijamente a los ojos de la duquesa. "Pues ese crimen atroz no es simplemente una causa judía, sino lisa y llanamente un inmenso asunto nacional que puede granjear las más espantosas consecuencias a Francia, de la que habría que expulsar a todos los judíos, si bien reconozco que las sanciones adoptadas hasta ahora no han ido (de una forma innoble y que se debería revisar) dirigidas contra ellos, sino contra sus adversarios más eminentes, contra hombres de primer orden, a quienes para desgracia de nuestro país, se ha dejado apartados."


Yo sentía que aquello iba a acabar mal y volví precipitadamente a hablar de vestidos.


Continuará...
La prisionera, Marcel Proust


Algo, alguien

Algo
despierta
entre sombras,
aletea
entre las dunas.
Algo fluye,
estructura
lo disperso,
lo evasivo
de la arena.
Algo, algo
se impregna
de lenguaje,
se mestiza,
funde
forma
y contenido,
deja pistas
insondables
en el sueño
que alguien,
algo,
vuelve hito,
vuelve carne
en el desierto.

(JR, 2019)

jueves, 9 de junio de 2016

Goce

No conozco
beatitud
distinta
que yacer
en el fondo
del estanque
con la mente
en blanco,
allí,
donde la vida
late,
expectante
en silencio
observa,
goza,
sin prisa 
ni esfuerzo,
ni arte,
solo agua
bebiendo
el cuerpo,
meciendo
el alma.

(JR, 2016)

lunes, 2 de mayo de 2016

Cara a cara

Llegué
donde solo llegan
los maldecidos.
Me encontré
súbitamente
azorado
precisamente allí
donde no me llevó
el azar
ni la esclavitud.
Palpitante
allí donde yace
solitario
sediento
el cuerpo
lacerado.
Cara a cara
al fin
con mi libertad.

(JR, 2016)

Rastro


Desatar nudos
soltar amarras
liberar sonidos
ajeno, furtivo
lágrimas, gritos
histerias
silencios
vigías dementes
maltrechos designios.

Andar tras andar
respirar
a tientas
arrastrar los pies
acuarelas de azar
tras las piedras de sal
el mar
finalmente
el mar.

El rastro
siempre estuvo
allí.

(JR, 2016)

jueves, 19 de enero de 2012

Errantes









... precipitan coordenadas trémulas sobre diluvio de adormecidos soles amanece claridad desamparada inconstante fugaz sentido rayo de oscuridad cincela estrellas de mortecina lejanía propicio hender la brisa esquivar horizontes sacudir presagios deambular errantes sueños navegar entre espada y pared sin nostalgia de muelles sin muelles donde llegar...


(JR, 2012)

Coral









... ataviados de espera los sonidos callan los colores derraman círculos de fuego la ciega penumbra besa el madero la tierra gime el agua anhelante descifra el augusto mensaje
la críptica belleza el viento invade el instinto aletargado el ademán manso rota la escollera la playa se prolonga el camino se pierde el mar se mece la vida se va no vuelve la vida no se muere allá donde va...

(JR, 2012)

..................

lunes, 10 de enero de 2011

Carta al Greco (III)

Extiendo la mano, tomo el cerrojo de la tierra para abrir la puerta e irme, pero aún vacilo un poco en el umbral iluminado. Es difícil, muy difícil arrancar mis ojos, mis oídos, mis entrañas, de las piedras y las hierbas del mundo. Uno se dice: estoy saciado, calmo, ya no deseo nada, he realizado mi propósito y me voy. Pero el corazón se aferra a las piedras y a las hierbas, resiste, suplica: -¡Espera un poco!

Me esfuerzo en consolar mi corazón, en llevarlo a consentir libremente. Para que no abandonemos la tierra como esclavos, golpeados, llorosos, sino como reyes que han comido y bebido, se han saciado, no quieren más y se levantan de la mesa. Pero el corazón aún late en el pecho, resiste, grita: -¡Espera un poco!

Erguido, echo una última mirada a la luz que también, como el corazón del hombre, resiste y lucha. Algunas nubes han cubierto el cielo, una lluvia tibia ha caído sobre mis labios, un aroma asciende de la tierra. Una voz dulce, hechicera, brota del suelo: -Ven... ven... ven...

Las gotas de lluvias se hacen más tensas; el primer pájaro nocturno ha suspirado y su queja ha caído, dulcísima, de los follajes dormidos en el aire húmedo. El silencio, una gran ternura, nadie en la casa; afuera los campos sedientos beben con reconocimiento, con muda felicidad, la primera lluvia; la tierra se yergue como un recién nacido para mamar.

He cerrado los ojos. Conservaba siempre en mi mano el puñado de tierra de Creta cuando el sueño se apoderó de mí. Se apoderó de mí el sueño y mi espíritu se pobló de visiones. Me pareció que amanecía, la Estrella Matutina estaba suspendida encima de mi cabeza, yo temblaba y me decía: ahora vas a caer. Y yo corría, corría entre montañas áridas y solitarias, completamente solo. A lo lejos, hacia el oriente, apareció el sol. Pero no era el sol, era una bandeja de bronce llena de carbones encendidos. El aire estaba en ebullición. A ratos una perdiz cenicienta volaba de risco en risco, agitaba las alas, cacareaba, reía a carcajadas y se burlaba de mí. En un recodo de la montaña un cuervo levantó vuelo ni bien me divisó. Seguramente me esperaba: empezó a seguirme reventando de risa. Furioso, me agaché y agarré una piedra para arrojársela. Pero el cuervo se había transformado: se había convertido en un viejito que me sonreía.

El terror se apoderó de mí y otra vez eché a correr. Las montañas giraban y yo giraba con ellas. Los círculos me iban aprisionando cada vez más, sentí vértigo. Las montañas brincaban a mi alrededor. De pronto advertí que no eran montañas, era un cerebro antidiluviano fosilizado; a mi derecha, en un risco muy alto, estaba clavada una gigantesca cruz negra y en ella había sido crucificada una sepiente de bronce de tamaño monstruoso.

Un relámpago desgarró mi espíritu e iluminó las montañas cercanas. Entonces pude ver: había entrado en la terrible y sinuosa garganta por donde habían pasado hacía miles de años, los hebreos, con Jehová a su cabeza, cuando huían de la fértil y feliz tierra del Faraón. Esta ha sido la fragua ardiente donde, en medio del hambre, la sed y las blasfemias, ha sido forjada la raza de Israel.

El temor hizo presa de mí, el temor y una gran alegría. Me apoyé a una roca para que se calmasen los torbellinos de mi espíritu, cerré los ojos y todo desapareció a mi alrededor. Ante mí se extendió entonces una playa griega, un mar azul intenso, peñascos rojos y entre los peñascos la entrada de una gruta oscurísima. Del aire surgió una mano, me puso en la mía una antorcha encendida. Comprendí la orden: me persigné y entré en la gruta.

Anduve, anduve sin rumbo, chapoteé en los charcos de agua negruzca y helada. Estalactitas azulinas, húmedas, colgaban sobre mi cabeza, gigantescos bloques de piedra relumbraban y reían a la luz de la antorcha. Esta gruta era el cauce de un gran río, que la dejó vacía porque en el correr de los siglos había cambiado de curso.

La serpiente de bronce irritada se puso a silbar. Abrí los ojos y volvía a ver las montañas, la garganta, los precipicios. Mi aturdimiento había amainado. Todo volvió a estar inmóvil, todo se iluminó, comprendí: las montañas abrazadas que me rodeaban las había horadado también Dios para abrirse paso. Yo había penetrado en el terrible cauce de Dios; iba tras sus pasos, rastreaba sus huellas.

-¡He aquí el camino -gritaba yo en mis sueños-, he aquí el camino del hombre; no hay otro!

No bien escapó de mis labios esta palabra insolente cuando un torbellino de viento me envolvió, alas salvajes me llevaron y me encontré de pronto en la cumbre del Sinaí abrumado de Dios. El aire olía a azufre, mis labios me escocían como picados por innumerables centellas invisibles. Elevé los párpados; nunca habían mis ojos, nunca habían mis entrañas gozado de un espectáculo tan inhumano, tan acorde con mi corazón, sin agua, sin un árbol, sin un hombre. Sin esperanza. Allí es donde el alma de un hombre orgulloso o desesperado encuentra la felicidad suprema.

Contemplé el peñasco sobre el que estaba parado. Dos agujeros profundos cavados en el granito debían ser las huellas del paso del profeta cornudo que esperaba la aparición del León hambriento. ¿No era aquí, en la cumbre del Sinaí, donde le había ordenado esperarlo? Entonces esperaba.

Yo también esperaba. Me inclinaba por encima del precipicio, aguzaba el oído. De pronto, lejos, muy lejos, algunos pasos resonaron sordamente. Alguien se acercaba que estremecía las montañas; mis fosas nasales palpitaron -todo el aire tenía un olor como el de macho cabrío que guía la tropilla:

-¡Ya llega, ya llega! -murmuraba yo oprimiendo estrechamente mi cintura. Y me aprestaba a pelear. ¡Ah! ¡Cómo había ansiado verlo llegar en este instante! Ver cara a cara, sin que el mundo visible venga a interponerse entre nosotros para despistarme, al bestial hambriento de la selva del cielo. El invisible. El insaciable. El buen padre que devora a sus hijos y cuyos labios, bocas y uñas gotean sangre.

-Le hablaré osadamente, le diré la pena del hombre, la pena del pájaro, del árbol y de la piedra, todos nosotros lo hemos decidido, no queremos morir. Tengo en mis manos un petitorio; todos los árboles, los pájaros, las fieras, los hombres lo han firmado: no queremos, Padre, que nos devores -y no temeré entregárselo.

Yo hablaba, rogaba, estrechaba mi cintura y temblaba.

Y mientras esperaba, me pareció que las piedras revivían y escuché un hálito sonoro.

-¡Helo aquí! ... ¡Helo aquí! ¡Aquí está! -murmuré. Me volví estremecido.

Pero no era Jehová, no era Jehová, eras tú Abuelo, llegado de la bienamada isla de Creta, y estabas erguido ante mí, como un señor severo, con tu barbita puntiaguda y totalmente blanca, tus labios secos y apretados, tu mirada estática, llena de llamas y de alas; y en tus cabellos se entrelazaban raíces de tomillo.

Tú me miraste y apenas me miraste sentí que este mundo es una nube preñada de rayos y de vendavales, y que también el alma del hombre está preñada de rayos y vendavales, que Dios alienta sobre ella y ya no hay salvación.

Levanté los ojos, te contemplé. Iba a decirte:

-Abuelo, ¿es verdad que no hay salvación? Pero mi lengua se había anudado en mi garganta. Iba a acercarme a ti, pero mis rodillas se doblegaron.

Entonces tendiste la mano como si yo me ahogara y tú quisieras salvarme.


Continuará...
Niko Katzanzakis, Carta al Greco

domingo, 9 de enero de 2011

El rey Arturo y sus caballeros (XIII)


Era costumbre entonces que todos los barones, caballeros y vasallos que festejaban en el gran salón se sentaran a ambos lados de dos largas mesas, según el orden impuesto por su rango e importancia, mientras que el rey, los altos dignatarios y las damas ocupaban una mesa elevada que desde un extremo dominaba la corte. Y mientras festejaban y bebían, vinieron hombres para entretener al rey -trovadores y músicos y narradores de historias- y estos se ubicaban entre las mesas largas y quedaban frente al elevado escaño del rey. Pero también acudieron a las fiestas gentes dispuestas a tributarle obsequios u homenajes, o a suplicar justicia del rey contra los malhechores. Aquí también se ubican los caballeros que solicitaban la venia para partir en busca de aventuras, y al regresar ocupaban el mismo sitio y relataban sus peripecias. Una fiesta consistía en algo más que comer y beber.


Al festín de Arturo llegó un escudero que llegó a caballo en el salón llevando en brazos a un caballero muerto. Refirió que un caballero había alzado un pabellón en el bosque, junto a una fuente, y desafiaba a cuantos caballeros pasaban por allí.


-Ese hombre ha matado a este buen caballero, sir Miles -dijo el escudero-, quien era mi amo. Te suplico, mi señor, que sir Miles reciba honrosa sepultura y que algún caballero vaya a vengarlo. -Hubo un gran alboroto en la corte y todos vociferaron su opinión.


El joven Gryfflet, quien era apenas un escudero, se adelantó hasta el rey y solicitó que Arturo lo armase caballero en reconocimiento de los servicios prestados durante la guerra.


-Eres demasiado joven -protestó el rey-, y de muy tierna edad para acometer empresa tan alta y dificultosa.


-Señor -dijo Gryfflet-, te ruego que me armes caballero.


-Sería una lástima hacerlo y enviarlo a la muerte -dijo Merlín-; será un buen guerrero cuando tenga edad suficiente y te será leal toda la vida. Pero si comete contra el caballero del bosque es posible que jamás vuelvas a verlo, puesto que ese caballero es uno de los mejores y más fuertes y más sagaces del mundo.


Arturo reflexionó y dijo:


-A causa de los servicios que me has prestado no puedo rechazarte aun si así lo deseara -y tocó con la espada el hombro de Gryfflet y lo armó caballero. Y luego dijo Arturo-: Ahora que te he concedido el don de la caballería, pediré un don de tu parte.


-Haré lo que me pidas -dijo sir Gryfflet.


-Debes prometerme, por tu honor -dijo el rey Arturo-, que solo una vez acometerás contra el caballero del bosque, solo una vez, y que luego regresarás aquí sin entablar más contiendas.


-Lo prometo -dijo sir Gryfflet.


Gryfflet se armó con rapidez, montó a caballo, tomó el escudo y la lanza y se lanzó al galope hasta que llegó al arroyo próximo a la senda del bosque. En las cercanías vio un rico pabellón y un caballo de guerra con la silla y los arreos listos. De un árbol pendía un escudo de brillantes colores y sobre el árbol vecino había apoyada una lanza. Entonces Gryfflet golpeó el escudo con el cabo de la lanza y lo arrojó por tierra. Un hombre armado salió de la tienda y le preguntó:


-¿Por qué has volteado mi escudo?


-Porque quiero batirme contigo -dijo Gryfflet. El caballero suspiró.


-Es mejor que no lo hagas -dijo-. Eres muy joven e inexperto. Soy mucho más fuerte que tú y mucho más templado en las armas. No me fuerces a luchar contigo, joven caballero.


-No tienes opción -dijo sir Gryfflet-. Soy un caballero y acabo de retarte.


-No es equitativo -dijo el caballero-, pero las normas caballerescas me obligan a hacerlo si insistes en ello. -Luego preguntó-: ¿De dónde vienes joven caballero?


-Soy de la corte del rey Arturo -dijo Gryfflet-, y exijo que aceptes el reto.


El caballero montó de mala gana y ocupó su sitio en el campo. Ambos enristraron las lanzas y se acometieron a la carrera. Con el impacto, la lanza de sir Gryfflet se hizo pedazos, pero la lanza del forzado caballero hendió escudo y armadura y penetró en el flanco izquierdo de Gryfflet antes de quebrarse y dejarle el asta rota hundida en el cuerpo. Sir Gryfflet cayó por tierra.


El caballero miró con tristeza al joven caído, se acercó y le desató el yelmo. Comprobó que se hallaba malherido y le tuvo compasión. Alzó en brazos a Gryfflet y lo depositó en su montura rogando a Dios que cuidara del joven.


-Tiene un corazón viril -dijo el caballero-, y si llega a salvarse alguna vez probará su valía. -Luego envió al caballo por donde había venido. El caballo llevó al ensangrentado Gryfflet a la corte, donde hubo gran congoja por él. Le lavaron la herida y lo cuidaron y pasó mucho tiempo antes que recobrara el sentido.


Mientras Arturo sufría tristeza y consternación por la herida de sir Gryfflet, doce caballeros de edad irrumpieron en la corte. Exigieron un tributo en nombre del emperador de Roma y declararon que, de no serles entregado, Arturo y todo su reino serían destruidos.


Arturo se encolerizó y les dijo:


-Si no tuviérais el salvoconducto de mensajeros os haría matar ahora mismo. Pero respeto vuestra inmunidad. Llevad esta respuesta. No debo tributo al emperador pero, si me lo exige, le pagaré un tributo en lanzas y espadas. Lo juro por el alma de mi padre. Llevad ese mensaje.


Los mensajeros se alejaron enfurecidos. Habían llegado en mal momento.



Continuará...

John Steinbeck, El rey Arturo y sus caballeros